-Me has decepcionado, esclavo. Iba a desatarte, pero ahora no tengo más remedio que dejarte atado un rato más, para que reflexiones sobre tu mal comportamiento.
Se levantó y poco faltó para que frotara sus tetas por la cara del hombre, pero no le dejó que las probara. Se situó de rodillas en el borde de la cama, con las piernas abiertas mostrándole su sexo ansioso de más placer. Se lo acarició con una mano, mientras le miraba lujuriosa, diciéndole:
-Ven, esclavo, y límpiame el coño de tu asquerosa lefa… no quiero que dejes ni una gota…
Él se levantó, aún atado a la silla, y caminó medio agachado y con dificultad hasta la cama, con los brazos doloridos, pero absolutamente hipnotizado por ese sexo que le miraba burlón, con la boca llena de su semen, empezando a gotear. Se agachó y comenzó a lamerlo. Hacía lo que podía pero la posición era absolutamente incómoda. Igualmente conseguía excitar a su ama. Ella apoyó la cabeza en la cama y, jadeando, separó sus nalgas con las manos.
-Cómeme el culo, esclavo. Quiero sentir tu lengua bien adentro… Venga, ¿no te gusta hacer guarradas, cerdito?, pues cómeme el culo.
La posición seguía siendo incómoda para el hombre, pero no tanto. Podía comerle mejor el culo de lo que antes le había comido el coño. La hacía jadear de placer. Ella notaba la lengua masculina frotando su ano, primero con delicadeza, después cada vez más fuerte, imponiéndose con autoridad, hasta penetrar en sus entrañas. La estaba volviendo loca de gusto, tanto que por un momento casi se olvidó de la difícil posición en la que su amante se hallaba. Esa lengua experta entraba y salía de su culo a placer, la saliva resbalaba hasta su coño, donde su mano se había apoderado del clítoris y no paraba de frotarlo. Casi estaba a punto de correrse otra vez, cuando la lengua abandonó su fructífera tarea y de pronto sonó la voz de su esclavo.
-Mi ama, te ruego que me desates. Me duelen mucho los brazos y la espalda.
-Está claro que hoy te has empeñado en frustrarme mis orgasmos- le contestó ella duramente, al incorporarse-. Está bien. Para que veas lo buena que soy contigo, que tienes un ama que no te la mereces, te voy a desatar y luego te voy a dar un masajito en los brazos y en los hombros. Pero a cambio, para resarcirme de lo mucho que me estás decepcionando, tendrás que darme algo… huummm… me parece que ya lo sé, pero será una sorpresa. Creo que considerarás que es un justo castigo. Siéntate.
Le desató los brazos y tal como le había prometido le dio un buen masaje en los brazos, los hombros y el cuello. Un masaje que tuvo la propiedad de dejar a su amante casi como nuevo. Curiosamente, seguía teniendo una importante erección. Ella no sabía si la había perdido al eyacular en su vagina, y luego al comerle el culo la había recuperado, o simplemente no la había perdido en todo el rato. En cualquier caso, su esclavo seguía teniendo la polla dura como una piedra, y eso la ponía muy caliente. Le ordenó que le desabrochara el corsé y él así lo hizo. Su dueña quería su polla y la quería en lo más profundo de su cuerpo, pero antes…
Se acercó, sólo con las medias y las botas puestas, a la maleta, y de dentro sacó un consolador con su arnés. Era un consolador de color carne, con forma de polla, con su glande, y sus venas bien marcadas. Era bastante grande, así que también cogió un tubo de lubricante. Se colocó el arnés, se lo ajustó bien y se acercó al hombre, frotando su pene artificial como suelen hacer los hombres.
-¿Te gusta mi polla?- le preguntó, mirándole burlonamente. El esclavo jadeaba con cara de vicio. A ella hasta le pareció que su sexo se había encabritado aún más-. Más vale que te guste, porque la vas a probar. Te la voy a meter toda por el culo. Eso quiero que me des para resarcirme, tu culo. Hoy serás mi puto, con todas las de la ley. Pero primero quiero ver cómo la chupas.
Acercó su boca al consolador y empezó a chupar. Lo hacía tan bien que a su ama le parecía que sentía engordar su clítoris con cada uno de sus lengüetazos. Verle chupar ese consolador de silicona, la excitaba sin mesura.
-Muy bien, cerdo. Ahora ponte a cuatro patas encima de la cama. Espera, voy a atarte al cabezal, para que no puedas escapar de tu justo castigo.
Le ató las manos. Los brazos de su amante esclavo, antes castigados por las ataduras, temblaban. Cuando lo hubo preparado se situó de rodillas detrás de él. Le acarició muy despacio la espalda y las nalgas, pasó la mano lentamente por su raja. Le acarició el ano suavemente. Él jadeaba, excitado. En el fondo deseaba que su dueña lo poseyera, deseaba sentir su poder sobre él. Directamente sobre su agujerito, dejó ir un buen chorro de lubricante. Siguió acariciando su ano suavemente al principio, después cada vez más vigorosamente hasta que le metió un dedo dentro. El hombre gruñó, pero su polla indicaba su creciente excitación. Su ama sacó y metió el dedo varias veces, después empezó a trabajar su ano circularmente, hasta que le metió otro dedo. Añadió un poco más de lubricante, y siguió moviendo sus dedos en su interior, intentando destensar al máximo el agujerito. Lo iba a necesitar si quería meterle todo ese consolador. El esclavo jadeaba, completamente excitado. Finalmente, ella añadió un poco más de lubricante al culo del hombre y embadurnó también el consolador con una abundante cantidad. Nunca lo había follado con un consolador tan grande.
-Vamos puto, dame ese culo. Ábrelo bien, que vas a saber lo que es bueno-. Paseó el consolador por su raja. Se sentía tan excitada que si alguien le hubiera metido mano en el coño en ese momento probablemente se habría corrido en segundos. Acercó la punta al ano masculino e inició una caricia circular-. Vamos, cariño, abre este culo vicioso que tienes… no sabes las ganas que tengo de rompértelo… mi puto.
Clavó la punta y empujó despacio, acompañando la polla de silicona con una mano, mientras con la otra sujetaba a su esclavo por la cadera. Él lanzó un gemido oscuro como un animal atrapado. La mujer se sentía casi como Dios. Su amante empezó a bufar. A ella le pareció que le dolía un poco, sin embargo creyó que iba a aguantarlo. Siguió empujando lentamente. No había entrado ni la mitad del consolador. Se paró.
-Quiero poseerte, para que tengas muy claro quién es tu dueña-. Empujó otra vez un poco más, pero le costaba. Reculó un poco y luego empujó con más fuerza. Ahora el gemido de su esclavo se había hecho grito. Había entrado ya más de la mitad-. Vamos, mi puto, abre el culo que te la voy a acabar de meter, ya falta poco-. Apretó de nuevo, y él gritó aún más, pero la dómina no cesó de empujar, agarrándole bien por las caderas. En determinado momento le pareció que su amante tiraba de la cuerda como si quisiera desatarse. Apretó más fuerte, y la polla entró entera dentro de él. Se quedó quieta un rato, para que el agujerito de su amante se acostumbrara un poco, antes de iniciar el movimiento de vaivén, que estaba ansiosa por empezar a realizar. Le acarició la espalda para tranquilizarlo, y él se quedó callado jadeando-. Muy bien, puto mío, así me gusta, que estés tranquilo. No grites, porque yo sé que en el fondo te encanta… - le tocó la polla, tan dura o más que al principio-. Te encanta sentirme dentro de ti, tu polla no miente, cariño. Sabes que eres mío, por fuera y por dentro. Y ahora, va a empezar la diversión de verdad.
Empezó a moverse adentro y afuera. Notaba sus jugos resbalar por sus muslos, tal era su excitación. Se movía lentamente, pero se la clavaba hasta el fondo con gusto. Él gemía cada vez más fuerte ante el creciente vigor de su dueña, sudaba. A ella le encantaba tenerlo así, tan entregado, sabiendo que podía sentir su poder tan adentro. Se movía cada vez más rápido, le gustaba follarle el culo, oír sus gemidos, casi gritos ya.
-Venga, puto, te voy a follar hasta partirte por la mitad, no voy a parar hasta que la saques por la bocaaaaa… ¡arreeeee, caballitoooooo!...- le dio una zurra fuerte en una nalga y él arqueó la espalda gritando-. ¡Eso es, gritaaaaaa!... guarro, que eres un guarro vicioso... tendría que estar follándote así sin parar, hasta que te desangrases por el culoooooo…-. Lo volvió a zurrar. Se sentía tan caliente que en esos momentos hubiera necesitado que alguien hubiera recorrido con sus manos, con sus labios, con su lengua, todo su cuerpo. Lo deseaba tanto, que salió del cuerpo de su amante esclavo, y rápidamente le desató las manos, se quitó el arnés y se tumbó en la cama, abriendo las piernas y deseando que le clavara su enorme polla en el coño sin compasión. Estaba preciosa, gorda, tirante, con las venas a punto de estallar, goteando semen sin parar, incapaz de contenerlo.
-Vamos, méteme tu polla dentro y dame placer, puto mío… estoy calienteeeeeee…-. No podía parar de mirar su enorme verga, la deseaba tanto como hubiera deseado un vaso de agua después de cruzar todo el desierto.
Él la penetró y de un golpe se la clavó hasta el fondo. La mujer gritó de gusto. Su esclavo se aferró a sus tetas y no paraba de lamerlas y morderlas sin parar de moverse. Ella misma lo deseaba tanto que no podía parar de moverse debajo de él. Se estaba volviendo loca de placer. Él empujaba cada vez más fuerte, le estaba destrozando el coño, absolutamente fuera de sí, y sin embargo ella estaba a punto de correrse.
-¡Dame fuerte, puto… no pares!... aaaaahhh… aaaaaahhh… ¡venga, puto… demuéstrame que eres bien machooooooo!... ¡¡fóllame durooooooo!!... asssssíiiiiiiii… oooooohhhhhhhh… voy a corrermeeeeeee… ooooohhhhh… ¡¡oooooooohhh!!...-. Sus sexos se daban fuerte, dos mundos colisionaban una y otra vez, y el universo estaba a punto de estallar-. ¡¡Dame durooooo!!... ¡¡no paresssss!!... ¡¡¡ooooooooohhhhh!!!... ¡¡¡oooooooohhh!!!... ¡¡¡hostia putaaaaaaaa!!!... ¡¡¡me corrooooooooo!!!... ¡¡¡me corrooooooooo!!!...¡¡¡¡aaaaaaaaaahhhhhhhggg!!!! -Ella estallaba bajo el cuerpo masculino, apretando su culo con las manos, restregando frenéticamente su sexo contra el de su amante, perdiendo el mundo de vista, desintegrándose.
-¡¡Síiiiiiiiiii!!... ¡¡¡yo también me corroooooo!!!... ¡¡¡la hostiaaaaaa!!!... ¡¡¡¡oooooohhhhh!!!... ¡¡¡¡aaaaaaaaaaahhhhhggggg!!!!... ¡¡¡toma lecheeeeeeeeee!!!... ¡¡¡ooooooooohhh!!!... ¡¡ooooooohhh!!
El hombre se desplomó encima de su amante. Tardaron en reaccionar, había sido un polvo bestial, y estaban agotados. Cuando sus cuerpos volvieron a la normalidad, él le preguntó lleno de curiosidad:
-¿Qué me has puesto en el capullo que me picaba tanto?
-¿De verdad que no te lo imaginas?- le contestó ella sonriendo pícaramente.
-No tengo ni idea.
-Pasta de dientes, con gusto de menta. ¿No te ha gustado?
-Huuuuummm… eres perversa… Creo que probaré el efecto de la pasta de dientes en tu clítoris ahora mismo. Ven aquí-. La abrazó y la besó ardientemente. Su mano jugueteó con uno de los adorados pechos de su amante y luego bajó despacio hasta su coño. Sus dedos se perdieron en él.